La honradez como riqueza social

Con motivo de la Gala por la entrega del Concurso de Cuentos Max Aub, tuve que decir unas palabras. Durante estos años me he preocupado por no derivar mis discursos o mis palabras hacia terrenos políticos mal entendidos, esto es, hablar de lo que me conviene. Siempre he intentado hacer otro tipo de política.

Ese otro tipo de política es aquel que nunca se debía haber abandonado: el servicio público, la dedicación a las personas y a objetivos generales. Eso debe ser la política, y no ese servicio bastardo, espurio e interesado al que nos tienes acostumbrados los políticos actuales.

Con ese espíritu en mente, me vino a la mente la entrevista al paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga (https://elpais.com/elpais/2019/05/31/ciencia/1559293697_965411.html), en la que dice que la vida no puede ser trabajar de lunes a viernes, e ir el sábado al supermercado. Debe haber algo más. Ese algo más es la música, la cultura, la amistad, los viajes, el satisfacer esas necesidades de alto nivel que nos definen como una sociedad madura, educada, tolerante, plural, inquieta; en una palabra, rica.

Por eso, y por más motivos, creo que las instituciones deben apoyar toda la cultura por igual. La de todas las personas, la de todas las tendencias, la de todas las ideologías. Sólo así seremos una sociedad más rica. En el momento en que los políticos ponen las instituciones al servicio de unas siglas, de un partido, de una ideología, empobrecen nuestra sociedad, la hacen menos plural, menos tolerante, menos humana. Embrutecen una sociedad, la anestesian para que no moleste. No podemos permitir eso, no podemos permitir que ningún partido político nos hurte el futuro, nos traslade al pasado egoísta y cicatero, que secuestre las instituciones a sus legítimos dueños: el pueblo.

Max Aub sufrió este secuestro en sus carnes. Una ideología tomó por las armas las instituciones para ponerlas a su servicio. Pasó por encima de lo humano ¿y lo divino? para imponer, para sojuzgar, para secuestrar al pueblo. Nos empobreció como país, como sociedad, nos hizo más animales, menos personas. Max Aub tuvo que exiliarse a México, y allí siguió enriqueciendo aquella nación con su cultura, sus palabras, con su creatividad. Cuando visitó España en 1969 la encontró triste, malherida. Pobre, tanto económica como cultural, humanamente. Fruto de esta visita es «La gallina ciega», impresiones de una sociedad en blanco y negro, de una pobreza infinita.

Tenemos que exigir a las instituciones ese compromiso con toda, absolutamente toda la sociedad. No debemos permitir que una institución municipal, autonómica o nacional gobierne para unos pocos, gobierne solo para los suyos. Porque si son egoístas, si ponen la institución o el ayuntamiento al servicio de unos pocos, de su ideología, nos hacen más pobres. Más pobres económicamente, más pobres como sociedad, como ciudad, como personas. No debemos permitirlo, no podemos permitir que nos hagan más pobres, que nos llevan al pasado. No vamos a permitir que nadie secuestre nuestro futuro.

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